RINCÓN DEL AUTOR
El Estado patrimonialista se refugió, sin embargo, en las áreas donde el funcionario todavía decide: en la justicia, en las licencias municipales y ministeriales que aún subsisten, en la titulación de la propiedad y la disposición de los bienes del Estado, y, naturalmente, en las compras estatales y la obra pública.
elcomercio.pe Viernes 7 de Mayo del 2010
Por: Jaime de Althaus Guarderas

El Estado patrimonialista se refugió, sin embargo, en las áreas donde el funcionario todavía decide: en la justicia, en las licencias municipales y ministeriales que aún subsisten, en la titulación de la propiedad y la disposición de los bienes del Estado, y, naturalmente, en las compras estatales y la obra pública. ¿Cómo atacarlo? A la larga, solo con ciudadanos fuertes, libres, responsables y contribuyentes, que demanden transparencia y eficiencia al Estado.
En ese proceso estamos. Pues el libre mercado no solo elimina la corrupción mercantilista, sino que ayuda a fundar el “otro”, el ciudadano. En efecto, competir lealmente en el mercado entraña una forma de respeto por el competidor, por el “otro”. Ya no se trata de “comprar” un privilegio o una ventaja rentista a costa de los demás, sino de competir con reglas de juego iguales para todos. Entraña un respeto no solo por el competidor, con quien uno se bate apelando a lo mejor de la propia capacidad, sino sobre todo por el consumidor, quien resulta beneficiado con productos más baratos y de mejor calidad. El consumidor es el amo.
La profundización de este proceso en la sociedad es lo que conduce, a la postre, a la formación de ciudadanos independientes y responsables, que son la base de un Estado ya no patrimonialista sino moderno y meritocrático. En la medida en que esos ciudadanos paguen impuestos, exigirán resultados. Dejarán de ser masa objeto de relaciones clientelistas para convertirse en sujeto social exigente. Dejarán de ser clientela de favores patrimonialistas para demandar eficiencia racional en el gasto. Persistir y profundizar: esa es la tarea.
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