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domingo, 5 de febrero de 2012

La Derecha y la democracia


Históricamente, casi todas las democracia estables en A. Latina han tenido un partido de derecha fuerte. Cuando la elite económica confía en que puede defender sus intereses dentro del juego democrático, está más dispuesta a invertir en ello: sus hijos entran a la política; financia a los partidos y los candidatos; construye relaciones sólidas en el Congreso; y sobre todo, no busca medios alternativos –como los golpes militares– para defender sus intereses. 
Cuando los partidos de derecha son débiles e incapaces de ganar elecciones, es más probable que la elite económica desconfíe de las instituciones democráticas, que no invierta en ellas, y que busque defender sus intereses a través de medidas no democráticas.  Un ejemplo es Argentina. A partir de la reforma electoral de 1912, la derecha argentina no volvió nunca a ganar una elección nacional. Todas las elecciones democráticas fueron dominadas por los Radicales y –a partir de 1946– por los Peronistas. Los partidos conservadores que representaban a la elite económica casi dejaron de existir.  Esta debilidad electoral se convirtió en un talón de Aquiles de la democracia argentina: incapaz de ganar en el juego democrático, la elite económica se convirtió en su enemigo, tocando con frecuencia las puertas de los cuarteles: Argentina, el país más desarrollado de A. Latina, sufrió seis golpes de Estado entre 1930 y 1976.
La relación empírica entre la fortaleza electoral de la derecha y la estabilidad democrática en A. Latina es fuerte: donde existe una derecha fuerte, como en Chile, Colombia, y Uruguay durante gran parte del siglo XX, o en El Salvador en las últimas dos décadas, la democracia es más estable. Donde la derecha es débil, como en Argentina y Bolivia, la democracia es mucho más precaria.
La derecha peruana es muy débil en términos electorales. Hace más de medio siglo que no gana una elección presidencial. Y no ha sido por la fortaleza de sus rivales. En las últimas dos décadas, la derecha ha perdido ante un desconocido total (1990), un novato político sin partido (2001); uno de los expresidentes más impopulares de la historia (2006), y un candidato sobre el cual más de 60% de los peruanos habían dicho que no lo apoyarían bajo ninguna circunstancia (2011).
Pero esa debilidad electoral no parece importarle mucho a la elite económica. Ha invertido poco en la construcción (o reconstrucción) de un partido de derecha fuerte.  ¿Cómo se explica esta indiferencia?  En parte, la elite económica ha sido malcriada.  Desde 1990, todos los candidatos que vencieron a la derecha en las urnas luego adoptaron su programa y gobernaron más o menos como si fueran de derecha.  Fujimori aplicó el shock de Vargas Llosa; García II fue tan conservador que Lourdes Flores lo describió como el “presidente de los ricos”. Toledo se mantuvo más en el centro, pero su políticas económicas eran de centroderecha y jamás amenazaron los intereses empresariales. La derechización de los gobiernos de turno deja poco incentivo para invertir en un partido de derecha.  Si los demás candidatos terminan gobernando en la derecha, ¿para qué invertir en un partido de derecha?  
La elite económica parecía pagar por su negligencia en 2011 cuando, en un exceso de confianza, se dio el lujo de dividirse y apostar por candidatos de fantasía como PPK.  Acostumbrada a tener lo suyo sin hacer el trabajo político, la derecha reaccionó al surgimiento de Humala con histeria. Pero la vieja historia parece repetirse: Humala también giró hacia el centro.  De nuevo, la elite limeña sufrió una pesadilla electoral, pero cuando se despertó en la mañana encontró que todo estaba bien.  Y, como consecuencia, su indiferencia ante la debilidad electoral de la derecha se mantiene.
Esta indiferencia podría tener costos muy altos, no solo para la elite económica sino también para la democracia. ¿Qué pasará si viene un Evo de verdad?  Si la derecha no pudo ganarle a Humala, con todas sus debilidades, ¿qué hará ante un populista con carisma y capacidad política? Hace más de dos décadas que no existe en el Perú una izquierda o populismo fuerte.  Pero en la política nada es permanente. Y una elite que cree que con un par de peluches y 500 amigos de Facebook se puede llevar a PPK a la presidencia no está en condiciones de competir contra una izquierda, centroizquierda o populista capaz.   
Y si algún candidato que vence a la derecha en las urnas decide no girar al centro, ¿cómo responderá la elite limeña? Su comportamiento en las elecciones de 2010 y 2011 no inspira confianza. Un sector de la derecha respondió al triunfo de Villarán como un niño malcriado: con rabietas y, peor aún, con ganas de patear el tablero. Y respondió al surgimiento de Humala de una manera asombrosa: se puso histérica. Estas reacciones preocupan.  De nuevo: la historia latinoamericana muestra que cuando la derecha cree que no puede defender  sus intereses a través de las elecciones, busca defenderlos a través de medios no democráticos.   
Para la derecha, el camino electoral más viable parece ser el fujimorismo. A diferencia de las otras fuerzas de derecha, el fujimorismo tiene capacidad electoral. Llega a provincias y a los sectores populares. Y aunque representa una derecha distinta –menos liberal, más estatista– que el PPC o el Fredemo, su ideología –centrada en el orden y la lucha antisubversiva– tiene eco en la sociedad peruana. Hoy en día, el fujimorismo es más un movimiento social dedicado a la defensa de Alberto Fujimori que un partido político.  No se ha renovado o roto con su pasado autoritarismo.  Pero podría transformarse en un partido de derecha seria. En España y Chile, la derecha autoritaria cambió de liderazgo, se distanció de su pasado, y se comprometió en serio con la democracia liberal. Y así dos fuerzas de ultraderecha que habían amenazado a la democracia se transformaron en organizaciones que hoy fortalecen a la democracia. 
Un fujimorismo renovado –y probablemente sin Fujimori– podría convertirse en un partido sólido de derecha. Hasta ahora, la elite económica no ha tomado muy en serio esa posibilidad. Abrazó a Keiko en su momento de pánico en 2011, pero no parece ver en el fujimorismo un aliado serio. (Como me dijo un fujimorista, los miembros de la elite “nos miran y ven muchos cholos”.) 
No hay certezas en la política peruana.  Pero creo que el fujimorismo tiene futuro. Y más, creo que un fujimorismo renovado (y comprometido con las instituciones democráticas) podría fortalecer no solo a la derecha sino a la democracia peruana.

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